lunes, 29 de agosto de 2011

Parece mentira.


Hola, rutina.
Me puse los tacones y salté de la cama. Busqué mi reproductor de música en su sitio, y coloqué mis auriculares. Me gustaba todo tipo de música pero mi pasión era el rap, el verdadero rap. Y sé que no es compatible, pero amaba el jazz.
Salí por la puerta dándole una última caricia a Naiara y un beso en su pequeña nariz. Abrí mi bolso y todo estaba en su lugar. Bolsillito pequeño: llaves del coche.
Bajé al garaje y maldije hacia mis adentros cuando vi mi plaza toda inundada sin mi coche. Había que joderse. Miré la hora, siempre era puntual o incluso llegaba un poco antes, no me podía permitir el lujo de llegar tarde por hablar de dónde cojones estaba mi coche con el gilipollas del presidente de la comunidad.
Salí de allí lo más rápido posible y alcancé a coger el taxi que pasaba por mi calle. El conductor era negro y en la radio sonaba hip-hop. No estaba mal. Además estaba como un queso.
Sonreí cuando le pagué y éste, me guiñó el ojo descaradamente al darme la vuelta en pequeñas monedas. Cada vez Nueva York estaba más caro, joder.
Corrí un poco para no mojarme, ¿tenía que llover el día de hoy? Menudo Otoño más asqueroso, además, hacía muchísimo frío, el abrigo de piel no sobraba.
Entré en la cafetería. Perfecto, estaba totalmente llena y no había ni una sola cara conocida. Pedí mi Café Mocca en el Starbucks y elegí un croissant.
Entré al edificio y, al llegar al ascensor, pulsé el veinticuatro. Miré a mi compañero de viaje en aquel pequeño cubículo y le sonreí. Tendría que llegar un poco más tarde más a menudo, pedazo pivones me encontraba por el camino. Me despedí con una sonrisa y entré en mi oficina. Era la primera, como siempre.
Me senté frente a mis papeles y ordenador. Lo encendí y, por lo impaciente que era, aproveché para abrir la tapa del café y que se dejase enfriar. Siempre lo daban ardiendo. Probé el croissant, perfecto, tan soso como siempre.
Accedí a la única cuenta de usuario: Rebecca Chetler.

-Chetler.

Miré hacia arriba y me levanté en seguida. Limpié un poco de azúcar glaseado que se había quedado en mis labios y lo miré seriamente.

-Estos documentos no tienen sentido alguno. –Dijo con voz grave: mi jefe. – Rebecca, eres muy inteligente, de verdad, pero no tienes ni idea de escribir en prosa. –Arrugué el ceño y luego levanté una ceja.

-¿Qué quiere usted decir?

-Rebecca, o aprendes a escribir correctamente o…

-¿Me despedirá? –Dije abriendo los ojos muchísimo.

-Solo busca la manera de que este documento, que es judicial, sea serio. –Dijo en un suspiro.- Busca una solución, ¿está bien?

-Vale, de acuerdo.

Me tumbé en la silla y lo vi alejarse.

-¡Una última cosa! –Dije y éste se dio la vuelta. - ¿Me deja su periódico? Luego se lo devuelvo.

Miró el periódico que descansaba bajo su brazo y luego me miró a mí.

-Rebecca, eres increíble. –Dijo rodando los ojos. No era un halago. Yo solo sonreí.

-Muchas gracias.

Abrí el periódico por el final y busqué entre líneas.

“Eran los chicos elegidos, habían sido los llamados para su deber, y ahora les tocaba cumplir con ello. Ahora era el momento de actuar. Ahora era el momento de conseguir los sueños por lo que tanto habían luchado.” – David Zane

Tras haber estado muchísimo tiempo buscando el periódico, salté de alegría al leer ese párrafo. El jefe venía de camino. La mierda que pisé empezaba a funcionar.

-¿Qué sucede Rebecca? ¿Por qué tanta urgencia?

-La he encontrado.

-¿Qué has encontrado?

-He encontrado la solución, señor.

-Cuéntamela.

-Verá… -Señalé el artículo y él levantó la deja.- Él. Es él.

-No te entiendo.

-Él podría ser contratado para que escriba por mí. –Sonreí.

-Pero Rebecca… -Me entristecí al instante y él rodó los ojos.- Pero él es escritor de novelas.

-Bueno, documentos judiciales, novelas, ¿qué más dará? Escribe genial. –Asentí varias veces con la cabeza.

-Pero no creo que este sea su sueño de trabajo.

-Pero si los escritores con poco éxito no tienen dinero. –Protesté.- Además, he buscado información y, aparte de que no hay mucha,  es camarero en Manhattan. Ganará mucho más aquí.

-¿Contratar a otra persona más? –El jefe mordió su labio inferior.

-Oh venga, por favor. -Me levanté en seguida.- Piense, si lo contratamos, yo iré mejor y todo irá mejor. –Sonreí.

-Bueno, vale. –El jefe apoyó sus manos en mi mesa.- Pero si no me convence o simplemente, no quiere trabajar aquí, te las tendrás que arreglar tú solita para que no te eche, ¿está claro?

-Clarísimo, jefe.

Lo vi alejarse por última vez en el día y, en cuanto no lo divisé me giré hacia Rachel y le guiñé un ojo. 

-¡Qué suerte tienes, capulla!

Reí en alto y suspiré. Estaba segura de que había sido la mierda que había pisado.

Atte: Rebecca Chetler.

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