<<El amor propio es el peor de los aduladores.>>
Bien, ¿quién cojones dijo eso y por qué? François de la Rochefoucauld. En estos momentos es cuando me acuerdo de mi abuela, acariciándome mi oscuro pelo, con las manos más arrugadas que las pasas de sus propios pasteles y una voz temblorosa: Rebecca, no todo tiene un por qué, pequeña. Ingenua, ¿verdad? Además, no sé por qué me sigue llamando pequeña si ya tengo mis veintitrés añitos, ¿no?
A lo que iba. El amor propio es el mejor. Jamás te traicionas. Siempre estarás ahí para ti. Al fin y al cabo eres tú quien va a controlar tu vida, el que va a conseguir avanzar y sacar tus cosas adelante, no los demás.
Vale, por si no quedó claro: me amo.
Y pensaréis, por alguna extraña razón, que eso no me ayuda mucho a conseguir relacionarme. Pues todo lo contrario. A la gente le suele hacer gracia mi carácter. No soy graciosa, y menos mal.
Odio a la gente que llama la atención o quiero hacerlo y solo consigue que lo odien personas… como yo. Odio a la gente falsa, odio las mentiras, los yogures de fresa y masticar chicle en un avión. Odio la comida de mi madre, odio que la cafetería en la que desayuno esté vacía y me den el bollo recién hecho. Odio ir con las uñas sin pintar y que la gente no me diga que se me ha corrido el rímel.
Odio a todos y cada uno de mis vecinos.
Y amo completamente que me llamen creída y por algo realmente incomprensible para la gente normal, capulla.
Suelo tomar el café por la mañana en mi trabajo. Soy secretaria judicial y no es mi sueño de trabajo ni el peor del mundo.
Ahora mismo estamos en Otoño, y estoy sacando a pasear a mi perra: Naiara.
Se me había olvidado decir que odio llevar tacones: llevo tacones.
Bien, estoy caminando por Central Park, donde corro todas las mañanas antes del café y el bollo.
Y, entonces, fue cuando cambió mi vida.
Pisé mierda.
La gente decía y sigue diciendo que da buena suerte. Yo no lo creía, os aseguro que no lo creía en absoluto, pero creo que fue el principio de una larga historia.
Miré al suelo desconsolada, ¡no podía ser!
Naiara meneaba su cola y me miraba expectante, con sus grandes ojos marrones y su pelaje blanco. Me lamió la rodilla y la miré sonriendo. Eso, aún así, no me consolaba en lo absoluto.
Me encaminé a la hierba del gran césped, miré a los lados y no divisé ningún policía. Limpié allí los restos de mis zapatos de trabajo y tosí frente a las margaritas del mismísimo jardín, seguido de un estornudo. Tenía alergia a las malditas margaritas.
Caminé a lo largo de las calles hasta llegar a la cuarenta y dos. Acaricié a Naiara mientras esperaba al ascensor y me quedé mirándola. Era preciosa, era mi compañera, ella era la que escuchaba todos mis problemas. Y quizás, solo quizás, comprendí ahí que no me quería solo a mí misma, sino que Naiara formaba parte de mi vida, en todos sus aspectos.
Lo primero que hice al ver mi puerta fue leer en alto el pequeño papel que tenía colgado de ella.
“Estimada Chetler,
He de comunicarle que hubo unos problemas en su plaza de garaje a causa de una inundación y, como consecuente, habíamos decidido pagarle otra plaza de garaje. Pero, observando que sus pagos mensuales por esta misma plaza que ha sido destrozada por diminutas goteras, no han sido pagadas durante estos meses, hemos decidido ausentarla de plaza.
Perdón por las molestias,
El presidente de la comunidad.”
Me da que pisar mierda no daba tanta suerte como decían.
Rebecca Chetler
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