¿Cómo sería? David me suena a nombre, a nombre, joder, me suena a nombre de granjero. ¿Será pordiosero? ¿Será el típico que trabaja en una taberna donde solo hay borrachos y va con una camisa sucia de tres días puesta y la barba de una semana?
Caminé con rapidez y miré la hora. Mierda, mierda, mierda. Llegaba dos minutos tarde, por ahora.
Me senté en un banco. Miré a unos niños corretear por el parque. Jamás me había planteado el tener hijos, había estado tan ocupada con el trabajo y la mala leche de mi jefe que ni me había centrado en lo básico. Quería ganar el dinero, para vivir. Sí, vivir. Pero no me había planteado cómo vivir en realidad.
-¿Te gustan los niños?
Moreno, con poca barba, de dos o tres días. Perfecto, no llegaba a una semana. Era joven y alto. La ropa se veía un poco desaliñada y por supuesto arrugada. Habría dormido con ella. Ojeras: horror. Al menos tenía una preciosa sonrisa.
-¿David?
-En efecto, señorita, encantado.
-No te hagas el interesante. –Dije sonriendo hacia mis adentros.- Escritor, ¿eh? –Lo invité a sentarse a mi lado con unas palmaditas.
-En proceso de serlo. –Dijo sonriendo otra vez sentándose a mi vera.
-Oh, vaya, explícame, ¿no eres bueno o qué?
-Oh, pues… -David arrugó el ceño y me miró sorprendido.- No sé, nunca he pensado en si era bueno o algo. Simplemente me gusta. Pero… la gente me ha dado a entender que tal vez… mi sueño no sea para compartirlo con el resto del mundo.
-Pues a mí me ha parecido que estás buenísimo. –Tapé mi boca.- Que eres, sí, que eres buenísimo. –David rió y me miró risueño.
-¿Y para qué me necesitas?
-Verás. Soy… secretaria judicial.
-Jolines, eso debe ser chungo. –Lo miré arrugando mis labios.- Difícil, ya sabes.
-¿Jolines? –Levanté mis cejas.- Sé un hombre y di joder.
-Oh, ¿eso en esas cosas se puede decir?
-Porque vaya así vestida no significa que sea una rica pija insolente, ¿me entiendes?
-Te entiendo… o eso creo. –Dijo cruzando sus piernas.- Y bueno, joder… -Dijo vacilando un poco.- ¿Qué necesitas?
-Soy la peor escribiendo en prosa, casi tan mala… -Me acerqué a él y susurré.- como para echarme.
-¡No me digas! –Dijo gritando fingiendo asombro.- Vale, sigo sin captar qué quieres.
-Quiero que escribas por mí, verás… necesito este trabajo. –Asentí varias veces.- Mi jefe no está muy contento conmigo, ya sabes, cosas de la vida que te pasan hasta que pisas mierda y ¡bum! Aparece un escritor que necesita dinero. –David volvió a reír y se echó hacia atrás en el banco.- ¿Aceptas o no aceptas?
-Por algo estoy aquí; claro que acepto, Rebecca.
-Pues todo genial. Solo tienes que contentarle al jefe. –Dije arreglando las arrugas de su camiseta.
-Soy encantador. –Dijo con aires de suficiencia.
-Sí, pues con esa ropa le vas a asustar. Menudo pordiosero pareces.
-Oye, tampoco te pases. –Dijo fingiendo ser ofendido.- Eres muy directa, ¿no?
-No querrás ver tú lo que es ser directa… -Dije sonriéndole tras un guiño con mi ojo derecho.- Tengo un traje para ti que te quedaría de rechupete.
-¿De veras? ¿Y me lo das gratis?
-Sí, es de mi ex novio, no quiero tener nada de ese capullo en mi casa. –Dije levantándome.- ¿Me acompañas, David?
-¿A dónde vamos?
-A mi casa.
-Jolines… digo, joder… si que eres directa tú, ¿no? –David se echó a reír.
-Eh, no seas pervertido. –Le pegué en el hombro.- Iremos a por tu nuevo traje y luego verás tu nuevo hogar… solo por nueve horas diarias.
-¿Nueve horas diarias?
-¡No seas quejica! –Dije ya al fondo del Central Park.
Lo que me esperaba con este fanfarrón.
Atte: Rebecca Chetler.