jueves, 15 de septiembre de 2011

New Moon Rising



Pues bueno, tampoco había sido para tanto miedo el encuentro con Rebecca, parecía bastante maja, seguramente pudiera sacarme del agujero. Por lo de entonces, la seguí hasta su casa, tal y como ella me dijo. Una casa realmente bonita, más o menos céntrica, grande... El tipo de casa que me gustaría tener, aunque con lo de ahora no me podía quejar. Me enseñó rápidamente la casa, sin detenerse mucho, lo que decía que era una mujer que iba directamente al grano. Me gusta. Al cabo de un rato, llegamos a su habitación, bien grande e iluminada con una ventana considerablemente grande que daba a unas preciosas vistas. Me encantaba. Al rato, se puso a rebuscar por su armario, farfullando cosas sobre su ropa interior que no llegué a entender completamente, así que me limité a intentar ponerme presentable de la manera que pude: Me repeiné un poco, me coloqué bien la chaqueta...

-Maldita sea ¿Donde diablos se metió el traje de los cojones?
-¿Te ayudo, Rebecca?
-No, no hace falta... ¡Aquí está!

Del armario, sacó una bolsa de plástico llena de polvo, de la que sacó una chaqueta y un pantalón negros, una camisa blanca y una corbata roja.

-¿Te gusta?
-Joder, Rebecca... No hacía falta que me dieras nada...
-¡Calla, hombre! Ya te dije que me quería deshacer de el, y a tí te hace más falta que a nadie, bueno ¿Te gusta o no?
-Pues me encanta, la verdad, joder, muchas gracias. -Sonreí amablemente y me quedé mirándolo.
-¡Pero pruébatelo, hombre, no te lo quedes pasmando! -Dijo, mirándome fijamente, “escaneándome” de arriba abajo.
Miré al traje, luego a ella, luego al traje y luego a ella de nuevo. Unos veinte segundos de silencio más tarde. Reaccionó.

-¡Ah, vale, ya me voy! -Dijo, riéndose y caminando con una amplia sonrisa en su cara.

Cuando se fue, una sonrisa se esbozó en mi cara, negué con la cabeza resignadamente y me empecé a cambiar de ropa. Una vez acabé, haciendo un poco el payaso imitando un pase de modelos, salí de la habitación.

-¡Guapoo! Pues te queda bien, oye. -Dijo Rebecca asintiendo y guiñándome un ojo
-Gracias, gracias- Dije, haciendo el payaso y una reverencia.
-Nada mal, oye...- Dijo ella riéndose y acercándose a mi, acariciando una solapa de la chaqueta- Bueno, venga, vamos que nos vamos, te enseñaré el resto.

Acto seguido, se apartó con una sonrisa de pícara y, cuando se perdió entre los pasillos, escuché una carcajada. Supuse que sería por la cara de gilipollas que se me debió de quedar. Sea por lo que fuere, esta chica me estaba cayendo cada vez mejor, así que decidí seguirla.

-¿Adonde me llevas?
-¡Tu sígueme y ya lo verás! -Dijo Rebecca desde la otra punta de la casa.

Madre mía, a saber la que me esperaba con esta chica. Pero algo me decía, otra vez, que esta chica sería mi salvación y que me esperaban cosas buenas viniendo de ella.

-¿¡Pero donde cojones te has metido!?
-¡Vooy!

¡Mejor será apurar!

miércoles, 31 de agosto de 2011

Acepto.


¿Cómo sería? David me suena a nombre, a nombre, joder, me suena a nombre de granjero. ¿Será pordiosero? ¿Será el típico que trabaja en una taberna donde solo hay borrachos y va con una camisa sucia de tres días puesta y la barba de una semana?
Caminé con rapidez y miré la hora. Mierda, mierda, mierda. Llegaba dos minutos tarde, por ahora.
Me senté en un banco. Miré a unos niños corretear por el parque. Jamás me había planteado el tener hijos, había estado tan ocupada con el trabajo y la mala leche de mi jefe que ni me había centrado en lo básico. Quería ganar el dinero, para vivir. Sí, vivir. Pero no me había planteado cómo vivir en realidad.

-¿Te gustan los niños?

Moreno, con poca barba, de dos o tres días. Perfecto, no llegaba a una semana. Era joven y alto. La ropa se veía un poco desaliñada y por supuesto arrugada. Habría dormido con ella. Ojeras: horror. Al menos tenía una preciosa sonrisa.

-¿David?

-En efecto, señorita, encantado.

-No te hagas el interesante. –Dije sonriendo hacia mis adentros.- Escritor, ¿eh? –Lo invité a sentarse a mi lado con unas palmaditas.

-En proceso de serlo. –Dijo sonriendo otra vez sentándose a mi vera.

-Oh, vaya, explícame, ¿no eres bueno o qué?

-Oh, pues… -David arrugó el ceño y me miró sorprendido.- No sé, nunca he pensado en si era bueno o algo. Simplemente me gusta. Pero… la gente me ha dado a entender que tal vez… mi sueño no sea para compartirlo con el resto del mundo.

-Pues a mí me ha parecido que estás buenísimo. –Tapé mi boca.- Que eres, sí, que eres buenísimo. –David rió y me miró risueño.

-¿Y para qué me necesitas?

-Verás. Soy… secretaria judicial.

-Jolines, eso debe ser chungo. –Lo miré arrugando mis labios.- Difícil, ya sabes.

-¿Jolines? –Levanté mis cejas.- Sé un hombre y di joder.

-Oh, ¿eso en esas cosas se puede decir?

-Porque vaya así vestida no significa que sea una rica pija insolente, ¿me entiendes?

-Te entiendo… o eso creo. –Dijo cruzando sus piernas.- Y bueno, joder… -Dijo vacilando un poco.- ¿Qué necesitas?

-Soy la peor escribiendo en prosa, casi tan mala… -Me acerqué a él y susurré.- como para echarme.

-¡No me digas! –Dijo gritando fingiendo asombro.- Vale, sigo sin captar qué quieres.

-Quiero que escribas por mí, verás… necesito este trabajo. –Asentí varias veces.- Mi jefe no está muy contento conmigo, ya sabes, cosas de la vida que te pasan hasta que pisas mierda y ¡bum! Aparece un escritor que necesita dinero. –David volvió a reír y se echó hacia atrás en el banco.- ¿Aceptas o no aceptas?

-Por algo estoy aquí; claro que acepto, Rebecca.

-Pues todo genial. Solo tienes que contentarle al jefe. –Dije arreglando las arrugas de su camiseta.

-Soy encantador. –Dijo con aires de suficiencia.

-Sí, pues con esa ropa le vas a asustar. Menudo pordiosero pareces.

-Oye, tampoco te pases. –Dijo fingiendo ser ofendido.- Eres muy directa, ¿no?

-No querrás ver tú lo que es ser directa… -Dije sonriéndole tras un guiño con mi ojo derecho.- Tengo un traje para ti que te quedaría de rechupete.

-¿De veras? ¿Y me lo das gratis?

-Sí, es de mi ex novio, no quiero tener nada de ese capullo en mi casa. –Dije levantándome.- ¿Me acompañas, David?

-¿A dónde vamos?

-A mi casa.

-Jolines… digo, joder… si que eres directa tú, ¿no? –David se echó a reír.

-Eh, no seas pervertido. –Le pegué en el hombro.- Iremos a por tu nuevo traje y luego verás tu nuevo hogar… solo por nueve horas diarias.

-¿Nueve horas diarias?

-¡No seas quejica! –Dije ya al fondo del Central Park.

Lo que me esperaba con este fanfarrón.

 Atte: Rebecca Chetler.

Building my own future




  •  Me desperté, por algún motivo, boca abajo en el sofá en vez de en cama. Me dolían el cuello y los ojos de sobremanera. No había bebido nada en absoluto, recuerdo llegar a casa y ponerme a escribir algo de historia, no mucho más. Supongo que en un descanso me tumbé en el sofá y ahí caí redondo o algo. Al cabo de un rato de filosofar sobre por qué estaba ahí, me levanté, y fui directamente a trabajar, sin desayunar, no tenía mucho tiempo. Entraba en media hora y tardo aproximadamente media hora en llegar. Estiré la ropa arrugada, me despejé la cara con dos bofetones y me dirigí a la puerta, cogiendo antes el chaquetón de donde lo había dejado. Fue bastante apurado, pero conseguí llegar unos minutos antes, lo suficiente para cambiarme y ponerme el traje.

    El día de trabajo resultó ser bastante normal, sin demasiada gente borde como suele haber todos los miércoles por la mañana, salvo por ese incidente que me sorprendió a media mañana.

    -¡Eh, Zane!
    -¿Que?
    -Te llaman por el fijo, suena a chica ¿Que habrás hecho, pícaro?
    -¡Que te den, Mac! Trae acá el teléfono...

    En efecto, sonaba a voz de mujer...

    -¿David Zane?
    -Si, soy yo ¿Por qué?
    -Mire, voy a ser clara y concisa. Queremos que trabaje para nosotros. Hemos leído algo suyo que publicaron en el periódico y nos gustó su forma de escribir. Además, andamos faltos de personal ¿Qué me dice?
    -Pues... Ahora que me lo plantea tan de sopetón, no sabría que de... ¿Dónde hay que firmar?

    Escuché risas del otro lado del teléfono. Esa tía, fuera quien fuera, me había sacado de este agujero.

    -No se preocupe, señor Zane...
    -Llámame David, por favor.
    -Está bien, David ¿Qué le parece si nos vemos esta tarde en Central Park y le explico detalladamente lo de su nuevo puesto?
    -Me parecería perfecto ¿Que le parece a las 3 y media?
    -Allí estaré.
    -Perfecto entonces ¿Por cierto, podría preguntarle su nombre?
    -Claro, soy Rebecca Chetler
    -Pues encantado, Rebecca, nos veremos esta tarde, y ahora, si me disculpa, me llaman por cocina ¡Hasta la vista!
    -Hasta luego, David.

    Le devolví el teléfono a Mac, uno de mis compañeros, concretamente, el que se encarga de la barra, y ya no tardó en preguntarme.

    -¿Que? ¿Quien era?
    -Era la chica que me sacará de este infierno, amigo
    -¿Que me quieres decir con eso?
    -Ya lo verás.

    Acto seguido, sonreí, me quité el mandil, me puse la ropa que llevaba antes, y me dirigí a la puerta. No tardé en escuchar a Mac de nuevo

    -¿Pero adonde te crees que vas? ¡El jefe te matará!
    -Dile al jefe que voy en busca de mi futuro, y que no espere verme en un tiempo.

lunes, 29 de agosto de 2011

Parece mentira.


Hola, rutina.
Me puse los tacones y salté de la cama. Busqué mi reproductor de música en su sitio, y coloqué mis auriculares. Me gustaba todo tipo de música pero mi pasión era el rap, el verdadero rap. Y sé que no es compatible, pero amaba el jazz.
Salí por la puerta dándole una última caricia a Naiara y un beso en su pequeña nariz. Abrí mi bolso y todo estaba en su lugar. Bolsillito pequeño: llaves del coche.
Bajé al garaje y maldije hacia mis adentros cuando vi mi plaza toda inundada sin mi coche. Había que joderse. Miré la hora, siempre era puntual o incluso llegaba un poco antes, no me podía permitir el lujo de llegar tarde por hablar de dónde cojones estaba mi coche con el gilipollas del presidente de la comunidad.
Salí de allí lo más rápido posible y alcancé a coger el taxi que pasaba por mi calle. El conductor era negro y en la radio sonaba hip-hop. No estaba mal. Además estaba como un queso.
Sonreí cuando le pagué y éste, me guiñó el ojo descaradamente al darme la vuelta en pequeñas monedas. Cada vez Nueva York estaba más caro, joder.
Corrí un poco para no mojarme, ¿tenía que llover el día de hoy? Menudo Otoño más asqueroso, además, hacía muchísimo frío, el abrigo de piel no sobraba.
Entré en la cafetería. Perfecto, estaba totalmente llena y no había ni una sola cara conocida. Pedí mi Café Mocca en el Starbucks y elegí un croissant.
Entré al edificio y, al llegar al ascensor, pulsé el veinticuatro. Miré a mi compañero de viaje en aquel pequeño cubículo y le sonreí. Tendría que llegar un poco más tarde más a menudo, pedazo pivones me encontraba por el camino. Me despedí con una sonrisa y entré en mi oficina. Era la primera, como siempre.
Me senté frente a mis papeles y ordenador. Lo encendí y, por lo impaciente que era, aproveché para abrir la tapa del café y que se dejase enfriar. Siempre lo daban ardiendo. Probé el croissant, perfecto, tan soso como siempre.
Accedí a la única cuenta de usuario: Rebecca Chetler.

-Chetler.

Miré hacia arriba y me levanté en seguida. Limpié un poco de azúcar glaseado que se había quedado en mis labios y lo miré seriamente.

-Estos documentos no tienen sentido alguno. –Dijo con voz grave: mi jefe. – Rebecca, eres muy inteligente, de verdad, pero no tienes ni idea de escribir en prosa. –Arrugué el ceño y luego levanté una ceja.

-¿Qué quiere usted decir?

-Rebecca, o aprendes a escribir correctamente o…

-¿Me despedirá? –Dije abriendo los ojos muchísimo.

-Solo busca la manera de que este documento, que es judicial, sea serio. –Dijo en un suspiro.- Busca una solución, ¿está bien?

-Vale, de acuerdo.

Me tumbé en la silla y lo vi alejarse.

-¡Una última cosa! –Dije y éste se dio la vuelta. - ¿Me deja su periódico? Luego se lo devuelvo.

Miró el periódico que descansaba bajo su brazo y luego me miró a mí.

-Rebecca, eres increíble. –Dijo rodando los ojos. No era un halago. Yo solo sonreí.

-Muchas gracias.

Abrí el periódico por el final y busqué entre líneas.

“Eran los chicos elegidos, habían sido los llamados para su deber, y ahora les tocaba cumplir con ello. Ahora era el momento de actuar. Ahora era el momento de conseguir los sueños por lo que tanto habían luchado.” – David Zane

Tras haber estado muchísimo tiempo buscando el periódico, salté de alegría al leer ese párrafo. El jefe venía de camino. La mierda que pisé empezaba a funcionar.

-¿Qué sucede Rebecca? ¿Por qué tanta urgencia?

-La he encontrado.

-¿Qué has encontrado?

-He encontrado la solución, señor.

-Cuéntamela.

-Verá… -Señalé el artículo y él levantó la deja.- Él. Es él.

-No te entiendo.

-Él podría ser contratado para que escriba por mí. –Sonreí.

-Pero Rebecca… -Me entristecí al instante y él rodó los ojos.- Pero él es escritor de novelas.

-Bueno, documentos judiciales, novelas, ¿qué más dará? Escribe genial. –Asentí varias veces con la cabeza.

-Pero no creo que este sea su sueño de trabajo.

-Pero si los escritores con poco éxito no tienen dinero. –Protesté.- Además, he buscado información y, aparte de que no hay mucha,  es camarero en Manhattan. Ganará mucho más aquí.

-¿Contratar a otra persona más? –El jefe mordió su labio inferior.

-Oh venga, por favor. -Me levanté en seguida.- Piense, si lo contratamos, yo iré mejor y todo irá mejor. –Sonreí.

-Bueno, vale. –El jefe apoyó sus manos en mi mesa.- Pero si no me convence o simplemente, no quiere trabajar aquí, te las tendrás que arreglar tú solita para que no te eche, ¿está claro?

-Clarísimo, jefe.

Lo vi alejarse por última vez en el día y, en cuanto no lo divisé me giré hacia Rachel y le guiñé un ojo. 

-¡Qué suerte tienes, capulla!

Reí en alto y suspiré. Estaba segura de que había sido la mierda que había pisado.

Atte: Rebecca Chetler.

domingo, 28 de agosto de 2011



Ground Control to Major Tom... Ground Control to Major Tom... Take your protein pills and put your helmet on...”

Sonaba de nuevo aquella canción en la radio mientras volvía de la editorial de camino a casa. Otro rechazo. “No es lo que buscamos ahora, señor Zane, pero le agradecemos el esfuerzo”. Ya, claro, y yo ese esfuerzo ya lo puedo vender, porque sólo con el esfuerzo no se come todos los días manjares divinos. Qué remedio, al menos mi amigo Bowie me anima con su gran éxito de los años 60, así que me pongo a cantarla por la calle. Es Otoño, pero hace algo de frío, así que me remango el cuello de la cazadora, meto las manos en los bolsillos y me subo el volumen del reproductor de música. Estaba llevando un verdadera mala racha. Desde que me me fui de casa, a los 19 años por una discusión con mis padres, llevo buscando una forma estable en la que “vivir”, propiamente dicho. Estuve viviendo en casas de amigos que tuve, pero no me podía quedar por más de 3 meses; de hecho, puedo dar gracias de haber encontrado un pequeño trabajo como camarero, pero mi auténtico sueño ha sido siempre ser escritor.

Ahora, despues de varios años ahorrando del trabajo y el dinerillo que me sacaba con alguna publicación, me puedo pagar el alquiler, un pisito modesto en Manhattan. No es gran cosa, pero es más que vivir en la calle, y al menos, tengo donde caerme muerto después de un largo día de trabajo. Algún día, y lo tengo muy claro, me haré escritor, conoceré a alguien y formaré una familia. Es lo único a lo que puedo aspirar. Y ni siquiera pido tener mucho éxito, simplemente que lo que publico sea lo que busquen, señor Zane.

This is Ground Control to Major Tom: You've really made the grade and the papers want to know whose shirts you wear...”

De camino para casa, me paro en un café para darme un respiro. “Bien cargado y para llevar, por favor...Esta noche lo voy a necesitar.” Como no escriba una historia que les interese a esos escupefolios, voy a estar bastante perdido, pero bueno, haré lo que pueda. Absorto en mis pensamientos, llegué a casa: Subí las escaleras, saqué las llaves, las metí en la puerta, giré la cerradura... Sorpresa, no abre. Me quedé parado unos treinta segundos frente a mi puerta con la postura congelada. “¿Pero que demonios...?” Ante la sorpresa de mi puerta, ejecuté el protocolo universal ante casos de puertas atrancadas: Dí un paso atrás y pateé la puerta fuertemente en el centro con la bota derecha, acto seguido, la puerta se abrió haciendo un extraño ruido. Sonreí complacido para mis adentros. “Hostia ya, solo faltaría que me hubieran desahuciado o algo así”. Entré en mi reino del desorden, dejé el café sobre la mesa de la cocina-recibidor-salón-comedor, me quité la chaqueta, la tiré con una puntería prodigiosa sobre el colgador, cerré la puerta de un taconazo “Para que aprendas a atrancarte, guarra.” y dejé la bandolera sobre el sofá. Cogí el café y me lo bebí de un trago, profiriendo un grito seco, ya que eso todavía era magma volcánico en un vaso de papel.

And I think my spaceship knows which way to go... Tell my wife I love her very much, she knows...”

Hasta el momento, nunca he podido permitirme tener ningún tipo de relación amorosa aquí, dado que al poco tiempo, me tenía que cambiar de lugar, pero nunca tiré la toalla al respecto. Sólo es cosa de conocer a la persona que sea capaz de aguantar semejante trasto como este. Lo único que me quedaba por hacer era sentarme en la mesa del dormitorio para escribir algo que les guste a esos desgraciados. Así que eso fue lo que hice, ni más ni menos: Irme a la habitación y escribir algo que les gustara a esos malditos desgraciados.

Y esa historia les iba a gustar. Sí o sí.

"Planet Earth is blue and there's nothing I can do"

Atte: David Zane

Conociendo a Rebecca.


<<El amor propio es el peor de los aduladores.>>
Bien, ¿quién cojones dijo eso y por qué? François de la Rochefoucauld.  En estos momentos es cuando me acuerdo de mi abuela, acariciándome mi oscuro pelo, con las manos más arrugadas que las pasas de sus propios pasteles y una voz temblorosa: Rebecca, no todo tiene un por qué, pequeña. Ingenua, ¿verdad? Además, no sé por qué me sigue llamando pequeña si ya tengo mis veintitrés añitos, ¿no?
A lo que iba. El amor propio es el mejor. Jamás te traicionas. Siempre estarás ahí para ti. Al fin y al cabo eres tú quien va a controlar tu vida, el que va a conseguir avanzar y sacar tus cosas adelante, no los demás.
Vale, por si no quedó claro: me amo.
Y pensaréis, por alguna extraña razón, que eso no me ayuda mucho a conseguir relacionarme. Pues todo lo contrario. A la gente le suele hacer gracia mi carácter. No soy graciosa, y menos mal.
Odio a la gente que llama la atención o quiero hacerlo y solo consigue que lo odien personas… como yo. Odio a la gente falsa, odio las mentiras, los yogures de fresa y masticar chicle en un avión. Odio la comida de mi madre, odio que la cafetería en la que desayuno esté vacía y me den el bollo recién hecho. Odio ir con las uñas sin pintar y que la gente no me diga que se me ha corrido el rímel.
Odio a todos y cada uno de mis vecinos.
Y amo completamente que me llamen creída y por algo realmente incomprensible para la gente normal, capulla.
Suelo tomar el café por la mañana en mi trabajo. Soy secretaria judicial y no es mi sueño de trabajo ni el peor del mundo.
Ahora mismo estamos en Otoño, y estoy sacando a pasear a mi perra: Naiara.
Se me había olvidado decir que odio llevar tacones: llevo tacones.
Bien, estoy caminando por Central Park, donde corro todas las mañanas antes del café y el bollo.
Y, entonces, fue cuando cambió mi vida.
Pisé mierda.
La gente decía y sigue diciendo que da buena suerte. Yo no lo creía, os aseguro que no lo creía en absoluto, pero creo que fue el principio de una larga historia.
Miré al suelo desconsolada, ¡no podía ser!
Naiara meneaba su cola y me miraba expectante, con sus grandes ojos marrones y su pelaje blanco. Me lamió la rodilla y la miré sonriendo. Eso, aún así, no me consolaba en lo absoluto.
Me encaminé a la hierba del gran césped, miré a los lados y no divisé ningún policía. Limpié allí los restos de mis zapatos de trabajo y tosí frente a las margaritas del mismísimo jardín, seguido de un estornudo. Tenía alergia a las malditas margaritas.
Caminé a lo largo de las calles hasta llegar a la cuarenta y dos. Acaricié a Naiara mientras esperaba al ascensor y me quedé mirándola. Era preciosa, era mi compañera, ella era la que escuchaba todos mis problemas. Y quizás, solo quizás, comprendí ahí que no me quería solo a mí misma, sino que Naiara formaba parte de mi vida, en todos sus aspectos.
Lo primero que hice al ver mi puerta fue leer en alto el pequeño papel que tenía colgado de ella.
“Estimada Chetler,
He de comunicarle que hubo unos problemas en su plaza de garaje a causa de una inundación y, como consecuente, habíamos decidido pagarle otra plaza de garaje. Pero, observando que sus pagos mensuales por esta misma plaza que ha sido destrozada por diminutas goteras, no han sido pagadas durante estos meses, hemos decidido ausentarla de plaza.
Perdón por las molestias,
                                          El presidente de la comunidad.”

Me da que pisar mierda no daba tanta  suerte como decían.

Rebecca Chetler